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Cultura,Nuestro partido

Respuesta a Memorias de un militante internacionalista

7 Dic , 2014  

Hace apenas unas semanas, la editorial Razón & Revolución editó un libro de capital importancia para quienes deseamos conocer la historia de la militancia marxista revolucionaria en el país y el continente e intentar sacar provecho de ella en beneficio de nuestra clase. Su título por demás de certero es Memorias de un militante internacionalista y su autor es uno de los protagonistas preclaros de esta historia. Como bien señala la editorial, Daniel Pereyra tiene una extensa trayectoria como militante y dirigente del trostkismo argentino desde 1942. Integró el Grupo Obrero Marxista (GOM), el Partido Obrero Revolucionario (POR), Palabra Obrera (PO), el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el PRT-el Combatiente y el Grupo Obrero Revolucionario (GOR). Participó de las principales luchas de los `60 y `70. Exiliado en Madrid desde 1978, siguió militando y dedicándose al periodismo y la investigación. Este libro recoge sus memorias y es de vital interés para todos los compañeros como un texto primordial puesto que se trata de la voz de un militante de los imprescindibles. No obstante ello, y en virtud de un trabajo que venimos elaborando, donde dejaremos constancia de nuestro punto de vista sobre el devenir histórico de lo que se ha dado en conocer como la corriente “morenista”, compartimos este texto crítico del compañero Horacio Lagar cuyo sentido no es la disputa descalificadora sino la clarificación de esos sucesos históricos que marcaron dicho devenir. El texto apela a eso y guarda todo el afecto que ambos protagonistas directos se tienen en más de 60 años de amistad. 

Mario Castells

Daniel Pereyra me envió su libro desde Madrid con una afectuosa y fraternal dedicatoria. Más allá de toda relación personal, valoro este trabajo como un hito muy importante en la bibliografía de la revolución latinoamericana porque es el testimonio vivo de uno de los protagonistas más sobresalientes que junto con el Che Guevara, Hugo Blanco, el Vasco Bengochea, Creus, Feldman, Schiavello, Reig, el Chino Chang y otros que la historia recordará, son los héroes de las mayores luchas que jalonaron la segunda mitad del siglo XX por el socialismo.

Dado que he participado en esas jornadas y soy citado varias veces en el libro, así como por pertenecer actualmente al Grupo trotskista Opinión Socialista, yo me siento obligado a responder al autor con algunos comentarios críticos debido a sus categóricas afirmaciones que no comparto, muy particularmente aquellas que hace de quien fuera el fundador y maestro de la corriente que nos formó, a todos por igual, en el trotskismo ortodoxo.

Reconocer esa función a Nahuel Moreno no implica rendirle culto a su personalidad ni ignorar o soslayar sus errores y mucho menos justificar todas sus maniobras políticas. En ese terreno me cuento entre quienes más lo combatieron y enfrentaron, incluso con minutas muy severas. Pero nada de eso, ni siquiera teniendo en cuenta las maniobras de las que yo mismo fui víctima, me autorizan a descalificarlo como revolucionario. Por el contrario, sigo considerándolo uno de los grandes revolucionarios del siglo en lucha contra todas las formas asumidas por la contrarrevolución. Asiento tal convicción en la premisa de que la única salida posible a la dramática crisis de la sociedad imperialista y en particular de los pueblos latinoamericanos, es la conquista del poder por el proletariado y la instauración de una dictadura de clase que haga posible el tránsito al socialismo.

Nadie más que los trotskistas sostienen esa estrategia, que fue la de Lenin y Trotsky. Esta es la diferencia que mantenemos con el maoísmo, el castro-guevarismo y el actual “progresismo” en sus diversas variantes populistas. Si en estos momentos de crisis mundial, los héroes latinoamericanos de los ‘60 y ‘70, se limitan a contar la historia omitiendo esta premisa revolucionaria, de hecho justifican y dan la razón  teórica y práctica a los líderes del reformismo que renegaron de la revolución y sucumbieron a los dictados stalinistas con fraseología ultra izquierdista.

Y de tal modo, me he preguntado, por qué razón, en las 390 páginas del libro, no hay un solo intento de análisis crítico respecto a la teoría y la política llevada a cabo por el castro-guevarismo en Latinoamérica, y su rol como inspirador y dirigente de la lucha armada, siendo imposible no reconocer que Nahuel Moreno fue uno de los primeros en promover su estudio para incorporarla a la problemática de la militancia revolucionaria de los años `60, exigiendo a sus compañeros el estudio de las experiencias guerrilleras que se daban en el mundo, empezando por Argelia. Recuerdo al respecto, especialmente, el libro de Aguirre Argelia año 8 y de otros textos que nos ayudaron a sacar conclusiones de gran valor teórico. Tales lecciones fueron, a saber: a) la necesidad del apoyo más o menos activo de grandes sectores de la población; b) la conveniencia de contar con una frontera favorable y c) la existencia de un partido o dirección política con liderazgo y reconocimiento efectivo.

Fuera de los manuales guerrilleros que propiciaban el “foco” según el Che o la “GPP” según el General Giap, la vanguardia luchadora no contaba en esa época con otra orientación política que no fuera la provista por el movimiento “morenista”, por lo general a través de medios muy precarios. ¿No constituye esto un mérito digno de destacar cuando se narra la historia de la lucha armada en el sub-continente americano? ¿Acaso puede obviarse la mención a los textos de Moreno escritos en polémica con el Che Guevara?

Creo que la concepción marxista de la lucha de clases, con todo lo crítica que pudiera ser, no admite caracterizar como contrarrevolucionarios a quienes como Moreno hicieron semejantes aportes en el terreno de la teoría y la práctica. Hay muchas otras preguntas que se hacen inevitables, como por ejemplo por qué las Memorias de Pereyra no rescatan el esfuerzo, hecho a su exclusivo costo, de mandar a sus principales dirigentes a la Cuba de Fidel para aprender y adiestrarse y también, consecuentemente, al Perú de Hugo Blanco, para soldar los eslabones de la “guerra civil continental” por la que el Che Guevara dio la vida. No es un dato menor recordar que al contrario de otras organizaciones, el “morenismo” no contó con otra ayuda que la cotización de sus propios militantes, quienes aportaron para ello propiedades y otros bienes de familia.

Por si esto fuera poco, conviene repetir una vez más el testimonio personal de la madre del Che Guevara que me fue contado a mí en su departamento de Buenos Aires, cuando me informó de la situación en que se encontraban nuestros compañeros, y mencionándome especialmente el reconocimiento de su hijo al equipo “morenista” por su desempeño en Playa Girón (Bahía de los Cochinos). Los comandantes castristas reunidos allí para evaluar la gran victoria antiimperialista lograda en Bahía de los Cochinos, en plena ofensiva stalinista contra el trotskismo, encabezada por Aníbal Escalante, debieron escuchar al Che decir que… “si todos los trotskistas son como el equipo encabezado por el Vasco Bengochea, a mí no me molesta que me califiquen de trotskista”.

Valgan estas referencias para reafirmar las premisas generales enunciadas al principio, que son las que importan para caracterizar políticas y calificar conductas. Pero vale también ¡por qué no! para señalar lo particular, episódico, anecdótico o complementario, aun sabiendo que muchas veces, como suele ocurrir, los árboles no dejen ver el bosque… Advertidos de ello, veamos a continuación algunos “árboles”

Sobre “la prometida ayuda argentina que nunca llegó” debo decir que solo puedo atestiguar lo que vi hacer al partido para juntar fondos para Perú. Se cotizaron y vendieron propiedades particulares; se contrató un abogado peronista supuestamente vinculado a los funcionaros de la Justicia peruana; se enviaron numerosos dirigentes y cuadros (Vasco Bengochea, Ernesto González, Alejando Dabat, Eduardo Creus y yo mismo)  desmantelando la estructura partidaria, ya demasiado afectada por la propia “desviación putchista” que estuvo a punto de liquidar el Partido, dando lugar al “acefalato”, esa emergencia de dirección partidaria de la que fui principal actor estando Moreno preso.

Lo que sí me es imposible atestiguar es de qué manera se utilizaron esos fondos, dado que el manejo de las finanzas, sobre todo en ese período, no fue motivo de discusión ni de informes precisos, quedando todo en manos de Hugo. Pero aún así nadie puede negar el gran tributo partidario a la experiencia peruana de “lucha armada” y dejar en letras de molde la bochornosa suspicacia sobre la moral de Moreno. Si yo me dejara guiar por mi propia experiencia personal, (a lo que me niego por obvias razones metodológicas) tendría que  sumarme a la sospecha porque en Perú debí sobrevivir en estado de indigencia, después de haber viajado sin un peso, en un avión militar facilitado por un Embajador amigo de Raymond Molinier, “instalándome” como pude para poder compartir con el Chino Chang el “manejo” de lo que quedaba del FIR, sin recibir la ayuda argentina que Moreno había comprometido. Sobre el particular, debo aprovechar para expresar mi reconocimiento a Alfredo Battilana, abogado defensor de los procesados, por la solidaria ayuda con que me auxilió.

En las Memorias vuelvo a encontrar, curiosamente, parecidas acusaciones a las que grupos estudiantiles izquierdizados empezaron a lanzar contra Moreno y nuestro grupo cuando resolvimos distanciarnos de la pequeña burguesía contestataria y volcarnos a la militancia en el movimiento obrero, proletarizando a nuestros militantes y penetrando sindical y políticamente en las grandes fábricas. Se trataba de las primeras experiencias orgánicamente planificadas que se realizaban en nombre de un trotstkismo que emigraba de las mesas de café y se refugiaba en los conventillos de Avellaneda con la consigna de captar a “lo más concentrado y peor pago del proletariado”.

Daniel Pereyra fue uno de esos pioneros, ciertamente ignorado por los estudiantes influenciados ideológica y políticamente por la izquierda de entonces. De ahí surgieron los Altamira y los Coggiola, convertidos después en voceros del grupo Política Obrera. Nacieron y se desarrollaron a la sombra y como un sub-producto del experimento morenista, haciendo de su crítica y de las consiguientes acusaciones, el eje de su propia existencia. Reflejaban el escozor que ese trotskismo proletario producía en la izquierda intelectual pequeñoburguesa, sin duda, sintiendo desafiada la “convivencia” metodológica que reinaba en los cenáculos del centro porteño al cabo de aquella post-guerra.

Las mismas razones de clase son las que hoy día, solo que en otro escenario histórico. Y no existe, lamentablemente, la amenaza de un audaz y claro proyecto de partido bolchevique como el que pretendió crear el GOM. De las viejas y nuevas acusaciones a que me refiero, tomo como ejemplo una leída con sorpresa en el texto de Pereyra, según la cual Moreno y sus acólitos nunca asumieron la defensa abierta y pública de los revolucionarios que estaban en manos de la justicia peruana. El texto enfatiza esta supuesta traición de Moreno a los “principios” apoyándose en citas de Coggiola, el Mayor Villanueva, Hugo Blanco y otros sedicentes críticos. No puedo dejar de decir que yo estaba en la mesa, junto a Hugo y Ernesto González, cuando se redactaron los comunicados de Palabra Obrera desvinculando al Partido de toda responsabilidad en la realización de los hechos “delictivos” que la ley burguesa trataba de penar. El propósito y fundamento de esos comunicados, nada originales por cierto, era que había que defender por sobre todo la integridad y continuidad del Partido y su Dirección, sometido a investigación como resultas de los mismos. Algo tan elemental como eso se había hecho en el partido Bolchevique de Lenin con el fin de proteger al partido ante expropiaciones de las que se acusaba a Stalin.

Debo ahora recordarle a Daniel que cuando ambos éramos miembros junto con Santucho de la dirección de El Combatiente, fue el “Robi” quien nos exigió que nos fuéramos una semana al norte del país y nos registráramos en un hotel de la manera más ostensible. El motivo de semejante exigencia era que él y su equipo tenían previsto la realización de una acción peligrosa que en caso de fracasar no debía afectar la continuidad de las tareas partidarias y para ello era imprescindible proteger a su dirección.

Lo testimoniado hasta aquí obedece al deseo de dejar constancia de las cuestiones primordiales que siguen siendo un factor importante para la educación política de mis propios compañeros y del activismo revolucionario en general, ya que ambos seguramente leerán con sumo interés las Memorias de un protagonista vivo y en actividad como Daniel Pereyra. Pero debo aclarar que es mucho más, a favor y en contra, lo que yo podría agregar a sabiendas de que, a veces, la memoria suele traicionar, haciendo olvidar involuntariamente aquello que no resulta grato. En resguardo de tal peligrosa tendencia guardo en mi archivo los textos que escribí polemizando con Moreno a causa de sus “maniobras”, inconsecuencias y falsedades políticas antes y después de la desviación putschista de los ‘60. Y también las relativas a mis diferencias con Daniel cuando pude llevarle algunas naranjas al Penal del Sexto.

Al respecto debo señalar que Ernesto González ni su equipo de redactores nunca me entrevistaron ni interrogaron para escribir los 4 tomos de su Historia… en la que me citan caprichosamente o en falso varias veces. Y tampoco lo hizo Daniel Pereyra, pese a que ambos “historiadores” me tenían muy cerca y disponían de fácil comunicación. En cuanto a Moreno, todo el C.C., con la sola excepción de Ernesto González llegó a votar su expulsión del partido ante la denuncia escrita que yo presenté por su inconducta en episodios que quedaron documentados en una Minuta que Raymond Molinier alcanzó a fotocopiar y mandó sin mi consentimiento al Secretariado Unificado. En esa reunión de C.C fui yo quien, pese a todo, se opuso a la sanción, argumentando que en defensa del Partido solo se trataba de llamar al orden a nuestro mayor dirigente, ya que varios compañeros damnificados amenazaban que de lo contrario harían una denuncia pública que resultaría escandalosa. Finalmente se aprobó mi exigencia y no se votó la expulsión.

También tengo registrado las tesis de Daniel Pereyra sobre “propaganda armada” con acciones violentas como respuesta a la declaración de guerra prolongada de Santucho. Caractericé esa tesis como una salida tangencial en busca del “punto medio”, centrista y carente de todo respaldo político, o sea de Partido, dirección política o representación de algún sector de las masas. ¿De qué otra manera puede entenderse la tapa del libro con las Memorias del Che Pereyra que en forma muy destacada presenta la Estrella Roja del Ejército Revolucionario del Pueblo? Creo tener motivos para enorgullecerme cuando recuerdo que por algo, una vez y en medio de una dura polémica sostenida en el CC de El Combatiente, Santucho me dijo: “Horacio, usted es un revolucionario… ¡lástima que sea morenista!”

Escrito por Horacio Lagar

Dirigente de Opinión Socialista



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