Moreno

Nuestro partido

Nahuel Moreno, 20 años después

28 Feb , 2007  

Son muchos y de muy variado signo los motivos para recordar a Nahuel Moreno a 20 años de su desaparición. Están quienes lo harán como discípulos para rendirle culto como maestro de la ortodoxia trotskista, algunos hasta el punto de atribuirle el don de la infalibilidad. Y no faltarán quienes aprovecharán la ocasión para descargar sobre él todas las culpas y fracasos de la izquierda argentina y latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX.

Sean cuales fueren los motivos, el hecho es que Moreno dedicó su vida adulta a las luchas obreras y populares y a la creación de la herramienta política para hacer posible la  revolución socialista.

Pero no es eso, con ser bastante, lo que hoy lo hace merecedor de nuestro recuerdo, sino el contenido original de sus aportes políticos al movimiento marxista, entendido como práctica social, es decir, militancia revolucionaria.

En el 2007, el trotskismo ya no se enfrenta a un imperialismo victorioso y a la todopoderosa burocracia stalinista controlando a los movimientos de masas. Sobre las estructuras descompuestas de un capitalismo agotado, los trotskistas deben responder hoy a una realidad distinta, sin ilusiones de bonanza económica y sin diques de contención para el descontento social, por fuera de la represión abierta. La realidad en que Moreno “infiltró” el trotskismo en las concentraciones obreras y los sindicatos no es la misma.

Con una audacia militante mas propia del combatiente que del diletante que desahoga inquietudes intelectuales, Moreno debutó en el movimiento revolucionario con dos folletos mal impresos explicando la farsa de la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial, denunciando las ilusiones en la democracia burguesa alentadas por la oligarquía terrateniente y el Partido Comunista, así como en la soberanía y la independencia nacional de sus políticos.

Contra el totalitarismo del Poder y de la burocracia reformista, proponía la tarea -para entonces insólita- de construir el partido marxista-leninista con el programa del trotskismo; única forma de cumplir con la controvertida tarea de la liberación nacional que otros revolucionarios también planteaban de palabra. Pero, en los hechos, fue Moreno quien con más audacia, decisión y perseverancia le dio a las palabras forma organizativa y contenido social. Cruzó el Riachuelo y se “infiltró” con su pequeño grupo de pioneros en las fábricas y conventillos de Avellaneda abarrotados de proletarios jóvenes e inexpertos llegados del interior en busca de trabajo.

Como si emergiera de ultratumba, la voz del viejo maestro asesinado en Coyoacán empezó a resonar en las entrañas mismas del sujeto revolucionario con un acento nuevo y un contenido internacionalista, despertando la curiosidad de un proletariado que formaba su conciencia en los moldes del totalitarismo peronista y la colaboración de clases.

No haremos aquí una crónica de las posiciones de la corriente morenista en ese período que hemos denominado de la “acumulación primitiva partidaria”. Sus aciertos y errores siguen siendo una fuente para el estudio crítico y el aprendizaje de la nueva generación militante.

En este recordatorio solo rescataremos algunos contenidos esenciales que marcaron la identidad de la corriente política que encabezara Moreno, y que nosotros reivindicamos tanto más cuanto que, curiosamente, muchos de sus herederos los ignoran o subestiman, quizá por las razones de clase que el propio Moreno llegó a avizorar con preocupación antes de morir, y los manuales de la “historia oficial” no registran.

I.  

Para el núcleo fundador de la corriente morenista, haber nacido bajo la premisa de construirse como partido captando a los mejores exponentes del proletariado más concentrado y peor pago, le significó arrastrar durante todo un período el estigma del “obrerismo”. Según el propio Moreno, lo que “caracterizó inicialmente al grupo, tanto desde el punto de vista programático como en cuanto a la práctica, fue un obrerismo rabioso, llamémoslo así. Durante muchos años, no se aceptó el ingreso de estudiantes. Aquellos que, por casualidad, se captaban, tenían que ir a militar al movimiento obrero, entrar a fábrica y hacer un trabajo sindical en la base de los organismos obreros. Esta tendencia obrerista, sectaria, ultra, enfrentaba y trataba de superar el carácter bohemio e intelectual, de clase, del movimiento trotskista argentino en su conjunto.”

El obrerismo morenista tuvo sus aspectos positivos, más allá del costo que se pagó por él y que algunos críticos  juzgan como elevado, en tanto significó la postergación del desarrollo intelectual de sus mejores cuadros, además de indudables errores tácticos y desviaciones. Pero todo ello no alcanza para ocultar el hecho de que también dio a la corriente la impronta de una política proletaria y, en cierta medida, de preservación de la ortodoxia teórica, política y metodológica, algo imprescindible para responder a la  degeneración del  “comunismo” stalinista.

Las implicancias de este obrerismo se hicieron evidentes cuando los herederos de Moreno desdibujaron esa “marca de fábrica” en aras de un supuesto partido de masas. Muchos de sus discípulos se diluyeron en el proceso de radicalización de las clases medias, no proletarias, detrás de los trabajadores bancarios, docentes y del área de servicios.

Dejar hoy registrado este rasgo de la identidad de la corriente morenista, cuando la crisis del sistema y la descomposición de los regímenes que lo administran lanza a la calle a vastos sectores pauperizados de las clases medias, constituye un alerta necesario para preservar el carácter proletario de la herramienta partidaria y no capitular a los líderes nacionalistas de las burguesías latinoamericanas y sus políticas populistas y poli-clasistas.

II. 

El morenismo tuvo siempre la pretensión de “dar línea” y así justificar su existencia ante la clase obrera y su vanguardia. Esta pretensión heredada del bolchevismo se expresó en consignas políticas, una práctica que algunos críticos calificaron de “consignismo” o desviación “consignista”, demostrativa de la soberbia o pedantería de Moreno.

Rematar un análisis con una propuesta para la acción, describir un conflicto o denunciar una traición de la burocracia sindical ofreciendo a los activistas obreros una “línea” en forma de consigna para la acción, o sea, una forma práctica  de concluir las batallas y hacer triunfar a los trabajadores, fue una preocupación metodológica que estaba lejos de cualquier pedantería o alarde de infalibilidad. Sólo suplía con política el propagandismo de los abstencionistas y la conducta pasiva de los simples espectadores.

Después de la muerte de Moreno pudo contemplarse con pesar el abandono de esa práctica esencial ante las manifestaciones de las masas. Sus herederos, carentes de “línea” y desarmados con la famosa consigna de “que las bases decidan”, dejaban a los trabajadores librados a su espontaneísmo, al tiempo que le regalaban terreno a la burocracia para traicionar las luchas.

Este lamentable abandono de un rasgo esencial del morenismo trascendió las fronteras nacionales, haciéndose presente también en organizaciones trotskistas de otros países a través de la influencia política del “partido madre”.

III.

Otro signo de identificación del morenismo fue el apoyo a las demandas y consignas democráticas frente a las sectas ultraizquierdistas que las negaban o subestimaban.

Recordemos la polémica sostenida en ocasión de la expropiación del diario oligárquico La Prensa por el General Perón y su entrega a la CGT (Confederación General del Trabajo) junto a la clausura de Nueva Provincia, ambos voceros de la patronal más reaccionaria del país.

Para los izquierdistas de la pequeña burguesía y muchos  progresistas del nacionalismo burgués, la medida tenía un carácter anti-imperialista y pro-obrero, por lo que debía ser apoyada. Moreno, por el contrario, denunció su carácter reaccionario contra las libertades democráticas que el movimiento obrero debía proteger para su propio uso contra un gobierno burgués y totalitario.

Explicó que, bajo el régimen de la burguesía, la clase obrera y su partido debían ser los abanderados de las libertades que el propio Estado burgués proclamaba en las palabras y en su Constitución pero negaba en los hechos, respondiendo a luchas intestinas de la clase dirigente.

De esta manera, el rol de los trotskistas no se limitaba a propagandizar los principios abstractos del futuro socialismo. Reclamaba de la clase obrera el impulso de medidas concretas para que esas libertades fuesen defendidas, acaudillando a todo el pueblo empobrecido y a las clases medias también oprimidas por la gran burguesía. Los trotskistas respondían así a la verdadera democracia obrera y popular, poniendo todos los bienes monopolizados por los empresarios y el gobierno (edificios, imprentas, depósitos de papel, distribución, etc.) a disposición, no de los burócratas y gobiernos bonapartistas de turno, sino de las organizaciones de lucha del proletariado elegidas democráticamente por sus bases.

No puede dejar de mencionarse entre las consignas democráticas planteadas por el Programa de Transición del trotskismo, aquella de Asamblea Constituyente que Moreno utilizó para responder a situaciones de crisis en los regímenes institucionales de la Argentina y otros países del  continente, y que muchos sectarios y ultraizquierdistas dejaron de lado argumentando su indudable origen burgués.

Hoy, aquella consigna democrática reivindicada por Moreno casi en solitario, cobra una dramática actualidad en nuestros países, como lo demuestran Venezuela, Bolivia y Ecuador.

IV.

Son muchos más los rasgos de identificación de la corriente morenista que pudiéramos destacar, todos ellos expresados por Moreno con un rigor conceptual que constituye un acabado estilo y ejercicio de la dialéctica marxista.

Finalizamos este recordatorio mencionando sus aportes sobre el sectarismo, oportunismo, centrismo y los límites del controvertido “apoyo crítico” a los gobiernos burgueses, además de profundizar temas como el plan de re-colonización yanqui, la unidad en la acción con los movimientos nacionalistas de masas y la manera actual de evaluar las situaciones revolucionarias.

A través de estas cuestiones, Moreno reafirmó su ortodoxia y marcó diferencias con quienes calificaba de capituladores al reformismo, al nacionalismo burgués, y al populismo bonapartista.

Escrito por Horacio Lagar

Dirigente de Opinión Socialista



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